Comentarios como los recibidos pública y privadamente a través del facebook y el correo electrónico frente a mi columna: 'De albañiles y marraneros', me alegran pero bastante en un día como hoy, domingo, para mí, 'aburridoramente' laboral. Y ustedes saben que el Diálogo, como aparece en la descripción del blog, es para eso, para que se den discusiones, debates, para proponer diversos puntos de vista, ya que nadie, absolutamente nadie, tiene una verdad absoluta sobre las cosas.Para mí el rollo de Marinilla y el Oriente en cuanto a la política va por otro lado. Incluso va más allá de la formación intelectual, que para mí, y recalco sobre eso, además del don de gentes, es fundamental, como lo dije anteriormente. Como adelanto, mi posición también raya con otros temas antes descritos, a saber, el clientelismo, las alianzas perversas y las reparticiones burocráticas sobre las que hablaré más adelante. Pero en este caso me centraré en lo de la educación.
Yo, particularmente, valoré mucho la gestión de Hernán Ospina, y con lo de marranero –y en el caso de Marinilla con lo de albañil- no quise ser despectivo, sino al contrario elogioso de un hombre como él, de ascendencia humilde, que llevó a Rionegro hasta donde lo llevó. Valiosísimo. Por eso destaco esos casos excepcionales, que son muchos.
Sin embargo ustedes, que se formaron en una universidad, saben que la educación no sólo produce 'perfiles seudo intelectuales', como algunos han dicho, sino que también amplía el horizonte del ser humano, le ayuda a estructurar la mente, posibilita mucho más el intercambio de ideas, la interacción con otras culturas. La educación hace hombres que pueden aportarle, sumadas las otras cualidades del político, cosas mucho más grandes a una comunidad.
Les aclaro que soy completamente apolítico, aunque actualmente sea funcionario público al servicio de la Alcaldía de Medellín, como comunicador fin de semana. Sin embargo, y aunque tuvo sus contras, recuerden por ejemplo el caso Fajardo, hombre que, muy pantallero, mediático y todo, transformó a Medellín, por lo menos culturalmente hablando. Y cuál fue su eje: la EDUCACIÓN queridos lectores.
Detrás de todos esos colegios de calidad, de esos parques biblioteca, de esos Metrocables, de esos proyectos educativos, de esas becas y demás, detrás de todo eso hay, más que una ruidosa exposición mediática que hace de Medellín una ‘ciudad bonita’, historias de vida de personas humildes a las que la vida les cambió sustancialmente, y para bien.
Hace unos días leí en El Colombiano una historia que me impactó y que reafirmó en mí la percepción que tengo. Se trataba de un joven, residente en el barrio Santo Domingo –cerca al Metrocable-, hijo de un hogar pobre de varios hijos en el que la madre era cabeza de hogar.
Él, que a simple vista tendría un futuro incierto, más no venturoso, logró colarse –en el buen sentido de la palabra- en EAFIT, la universidad de los ricos -según el corrillo popular-. Y lo logró por sus méritos académicos con una beca para jóvenes de escasos recursos ofrecida por la administración municipal; y como sostener un estudio cuesta y entre Santo Domingo y El Poblado la distancia es bastante grande y complicada –en tiempo y en dinero-, el Metrocable le sirve. Y seguramente también los libros del parque biblioteca España, a la hora de sus consultas y tareas, que ya deben ser pocas, porque está a punto de graduarse como ingeniero mecánico. Imaginen la vida de esa familia después de ese título universitario.
El cuento es ese, pensar el desarrollo a partir de historias como esa, que las hay por centenares. Pensar que la educación, ligada a múltiples elementos como los antes descritos, puede revolucionar. Fajardo, para muchos un pantallero de la oligarquía medellinense –así lo pienso yo, y me gusta esa mezcla-, puso su intelectualidad, su don de gente y su discurso de cambio, en ese rumbo y ¿qué logró? Todos lo saben.
Y eso lo alcanzó no solo por su discurso ‘antipolíticotradicional’, que ganó muchos adeptos, sino porque además era un hombre de una mente amplísima, que logró no precisamente a costa de discursos bonitos y elocuentes, y de saludar de mano y abrazo al ciudadano de a pié, sino sobre la base de una intelectualidad a la que sólo se llega a través de la educación.
Las comparaciones son odiosas, mucho más cuando se habla de lugares tan extremadamente dispares en todo los sentidos, como Marinilla y Medellín. Pero no es proponer un modelo –sería una pretensión absurda- lo que quiero, sino un ejemplo, que adaptado a las circunstancias, podría servir. Insisto en que soy apolítico, pero ese ‘Gobernar es Educar’, un poco más cercano a nuestro contexto, me suena, y bastante.
que bien, ya le quitamos el verde cartilla, jejejjejejej.
ResponderEliminarAprovecho para felicitarte por este espacio. me encanta... que buena idea.