13 de Medellín, cuando llueve muchos no duermen, otros lo hacen con la llave de la casa en el bolsillo, y unos más prefieren pasar las tempestuosas noches bajo el techo de vecinos o familiares. Pasa que las escenas de aquella fatídica madrugada del pasado 31 de mayo (de 2008), en la que una avalancha se llevó 28 vidas humanas y dejó a 34 familias damnificadas, siguen pesando en los recuerdos de sus pobladores.“La incertidumbre ha aparecido o aumentado en los últimos días”, dice Lucas Valencia, uno de los 13 psicólogos que luego de la tragedia fueron enviados por la Universidad de Antioquia a la zona para ofrecer atención psicosocial, en el marco del proyecto Gestión social integral en la Comuna 13 que por esos dìas ejecutaba el Alma Mater.
Y es que en El Socorro el temor sigue rondando. Son crisis postraumáticas que se manifiestan en los comportamientos y actitudes de las personas afectadas directa o indirectamente por la tragedia. Gente que no duerme, no come, no acepta las pérdidas, y aún llora.
Y es que en El Socorro el temor sigue rondando. Son crisis postraumáticas que se manifiestan en los comportamientos y actitudes de las personas afectadas directa o indirectamente por la tragedia. Gente que no duerme, no come, no acepta las pérdidas, y aún llora.
Doña Margarita, quien solidariamente prestó su casa como albergue para la atención de las víctimas y los damnificados, cuenta que después de la avalancha fue a Támesis, su pueblo natal, a visitar a sus familiares. Sin embargo la incertidumbre por el invierno que arreciaba en la capital fue tanta, que mejor decidió volverse para Medellín para estar con su familia, pese a que la tristeza la atormenta a diario desde que pasó todo.
“Desde ese día cada mañana, cuando me levanto, vengo a la sala, corro la cortina, miro hacia el morro y me lleno de tristeza”, relata doña Margarita, quien junto a ocho familiares vive a menos de 50 metros del lugar de la tragedia, justo enfrente de la calle desde donde se asciende a la zona del desastre.
“La gente no está comiendo, no está durmiendo, se está enfermando”, señala por su parte Carolina Gallego, una de las psicólogas, quien además dijo que para la Administración sólo hay emergencias cuando ocurren los desastres, “de resto no”.Lucas complementa que en El Socorro el dolor es generalizado y que se está dando un efecto dominó, pues los vecinos viven con la incertidumbre de que lo que pasó en cualquier momento puede pasarle también a ellos. Es la percepción de la gente que, incrédula, deambula por los barrizales que cubrieron las 20 casas que se llevó la avalancha, dejando a su paso 28 muertos y 34 familias damnificadas.
Mientras Lucas camina por el sector algunos afectados se le acercan saludándolo cariñosamente. Ya saben que es psicólogo y por eso, ante el cuestionamiento que les hace sobre cómo van las cosas, le cuentan experiencias como la del muchacho afectado emocionalmente que, a través del messenger, dice que ya no existe; o aquellos que no han podido dormir bien por la incertidumbre y los recuerdos que los atormentan; o los que no vienen comiendo bien y aún lloran, cuando recuerdan a sus amigos.
“Ese día no sabíamos nada, todo era un manicomio”, dice Lucas, respecto al domingo primero de junio, día en que llegaron al sector, justo cuando estaban rescatando algunos cuerpos.
Y así como reconoce que ese día estuvo allí como psicólogo a sabiendas de que poco podía hacer dado que el dolor de la gente exigía otras cosas, reclama que la atención para la gente es más necesaria actualmente. “Los días que nos parecen importantes son estos”, advierte Lucas, aludiendo a que es ahora, cuando ni los medios ni la Administración Municipal están, que la gente se siente sola, desamparada y atemorizada.
Aunque el contrato se les acabó pocos días después de la tragedia, Lucas, junto a Andrés Herrera, Carolina Gallego y otros compañeros, continúan yendo a El Socorro. Van a visitar, escuchar y atender a la comunidad afectada, “por un compromiso ético –dicen Lucas y Carolina -, pues es ahora cuando las personas más necesitan la atención”.
Carolina además dice que en la zona ahora se ven contrastes y desatenciones: “a quienes están censados como damnificados les sobran las ayudas, pero a los otros que no estaban dentro del censo y que también fueron afectados no”.
Mientras tanto los jóvenes psicólogos siguen trabajando con la comunidad de El Socorro, ad honoren, y dando muestras de que la gente necesita atención. El sábado siete de junio, por ejemplo, realizaron un carrusel didáctico y recreativo. Convocaron a la comunidad sin más recursos que un megáfono y aún así 150 niños con sus acudientes llegaron a la actividad. Alguien les donó los refrigerios, una vecina prestó los materiales y la actividad fue un éxito.
Para fin de mes planean realizar una eucaristía, hablar con algunos jóvenes raperos para que compongan y canten algo sobre lo que pasó. “Será un ritual simbólico: que el padre rece, que los jóvenes canten y que la gente llore”, asegura Carolina.
*Nota: Este texto, nunca antes publicado, lo escribí a mediados del año pasado para la oficina en que trabajo en la Universidad de Antioquia. Es sobre la tragedia que exactamente hace un año enlutó a la comunidad del barrio El Socorro, de la Comuna 13 de Medellín. Hoy en la tarde hubo en la zona del desastre un acto simbólico para recordar a las 28 víctimas fatales por el deslizamiento. Un año después, las cosas allí no han cambiado mucho. De hecho se ahondaron los vacíos, la gente aún guarda temores y la presencia institucional ha sido poca, según cuentan algunos habitantes. Quizás fue eso lo que me motivó a compartir con ustedes este relato, que un año después, sigue teniendo vigencia.



No soy un tipo versado en política, porque esta, en vez de atraerme, me aleja. ¡Cómo no!, cuando a diario en los medios vemos circos tan degradantes como el de la ‘Parapolítica’, el de la ‘Farcpolítica’ y el de la ‘Yidispolítica’. Por eso, en el ejercicio de mi oficio como periodista, no ha sido esa mi fuente habitual, y más bien procuro huirle hasta donde pueda.